Mensaje del Prior General

Fray José Israel de la Trinidad, DD., CCDM

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Saludos fraternales:

         Son muchas las interrogantes que tienen las personas sobre la vida monástica.  De igual manera, son muchas las interrogantes que los candidatos a la vida religiosa nos presentan cuando se nos acercan para inquirir sobre los Frailes Carmelitas Contemplativos de la Divina Misericordia (Apóstoles de la Misericordia).

     Los frailes que se han retirado a un género de vida, para poder estar en continua conversación con Dios, para estar bien preparados para escuchar más y más la voz de Dios, han hecho de éste diálogo entre el cielo y la tierra el único programa de su vida. Son seres contemplativos que se sienten comprometidos a esta absorción de todo su espíritu por Dios.  Pues bien, la Iglesia ve en ellos la expresión más elevada de sí misma; de algún modo ellos están en su vértice más alto. Pues ¿qué obra se propone hacer la Iglesia en este mundo?  ¿Acaso no estamos llamados a unir las almas a Dios? ¿Crear la posibilidad de llamar a Dios, “Padre nuestro”? ¿Hablar con Él? ¿Dialogar con Dios?

     Pero estas almas elegidas, las llamadas al coloquio de Dios tienen otra misión que trasciende su alma en particular, y que sobrepasa también el pequeño claustro en que se oculta su comunidad. Están puestos dentro del grado elevado de la vida religiosa, no sólo para su propia vitalidad, para su propia santificación, sino sobre todo para el bien de la Iglesia.

      Estamos llamados a orar por las misiones, por los moribundos, por los enfermos, por los pecadores, por los sacerdotes; orar por los niños y por todas las demás vocaciones religiosas, y por todos aquellos que se dirigen hacia el reino de Dios. Estas deben ser siempre nuestras preocupaciones, estos nuestros pensamientos. Esto es lo que nos debe animar, esto es lo que debe inflamarnos el corazón, lo que debe hacer encendida y apasionada nuestra oración.

     Somos monjes; es decir, hombres singulares, que, apartados en cierto modo del  consorcio del mundo,  nos hemos recogido en la soledad exterior e interior, esto es, en la meditación de las cosas del cielo.  Somos hombres consagrados al silencio y a la oración, y por lo mismo cada uno de nosotros, se ha concentrado en sí mismo, deseando agradar únicamente a Dios y descansar en los bienes del espíritu.  Somos buscadores del Dios eterno, y su vocación ha sido examinada de acuerdo con las normas de esta elección según lo establece la Regla Carmelita de los Apóstoles de la Misericordia. Por lo cual nos hemos consagrado enteramente al conocimiento de la voluntad de Dios y al arte inefable de hablar con Cristo y con Dios. De ese modo hemos llegado a ser especialistas de las cosas invisibles, que son las más verdaderas y las más excelentes.

     Realmente, en un mundo como el nuestro, que desconoce a Dios, que está separado de Dios, que desprecia a Dios o que llega a negar su existencia, nosotros, llevando en la oscuridad una vida llena de paz, permaneciendo firmes en un monasterio, por un lado, llenos de austeridad y por otro de urbanidad, atrayendo así a los hombres como por una especie de sagrada y oculta fascinación.

     Y así hermanos,  nuestra presencia en el mundo actual viene a ser como un signo indicador de la presencia de Dios entre los hombres. Cuando cantamos en la liturgia, ¿quién nos escucha? Cuando celebramos los ritos sagrados, ¿quién nos dirige su atención? Parece que no somos bien comprendidos ni estimados por los hombres y que la soledad de nuestras vidas causa depresión.  Pero no es así. Hay quien sí se da cuenta que nosotros hemos encendido un fuego. Hay quien comprende que de nuestros claustros se irradia luz y calor. Hay quien se detiene, mira y medita. Nosotros levantamos el pensamiento de los hombres de este tiempo hacia lo alto. Les damos cierta iniciación para su meditación, que con mucha frecuencia les lleva a la salvación o hasta recuperar nuevas fuerzas.

     Estimen hermanos la elección que hemos hecho de la vida contemplativa. Ciertamente que tenemos un gran concepto de ella, ya sea en su aspecto negativo: la renuncia. ¿Recuerdan? “Lo hemos dejado todo” (Mt 19,27). Ya sea en su aspecto positivo: la dirección, la aspiración, la fijación de todas las facultades humanas en el coloquio; mejor, en la silenciosa escucha de Dios: “Escuchaba su palabra sentado a los pies de Señor” (Lc 10, 39). Esto es todo.

    ¡Qué programa tan sublime para una vida que suponemos dotada de toda la gama de sensibilidad humana, y disponible para las innumerables y fáciles conquistas que ofrece el mundo moderno a todos, y que pensamos decididos a querer vivir con plenitud su propia existencia! ¡Qué sabio y poderoso amor a las cosas “de arriba” (Col 3,1-2) debe absorber al alma que ha hecho propia esta elección! Conocen, o mejor, viven en un solo acto, que se extiende a lo largo de toda su existencia en la tierra, esta especie de acrobacia espiritual: “Dedicado a la contemplación”, como dice San Gregorio del prelado obligado a la oración.

       Y viviendo esta dedicación ardua, pero no dura, somos felices, ¿no es verdad? Nada más agradable, ni más bello, ni más sencillo.

      Pero ¿no ha llegado quizás hasta ustedes la voz que califica de anacrónica, de inhumana, de imposible, de unilateral nuestra elección a la vida contemplativa? Y las antiguas objeciones a la consagración religiosa, como contraria a la libertad humana y como inútil para la sociedad, ¿no arrecian hoy más que nunca sus dudas sobre la bondad de este género de vida? 

    Con la vocación monástica nosotros confirmamos y reafirmamos valores que hoy se necesitan más que nunca: la búsqueda suma y exclusiva de Dios en la soledad y en el silencio, en el trabajo humilde y pobre, para dar a la vida el significado de una oración continua, de un “sacrificio de alabanza”, celebrado y alentado por una gozosa y fraternal caridad

    ¿Cómo puede ayudar a la comunidad de los fieles un género de vida como el de nosotros, cerrado en los recintos del claustro, esquivos a las conversaciones mundanas y orientados hacia una cierta insuficiencia económica, espiritual y social?

   ¿Cómo puede? Consideramos solamente dos condiciones, que son al mismo tiempo sobrenaturales y humanas y que realizadas confieren a nuestra vida claustral una virtud singular de irradiación, como se irradia la luz, como se irradia la música, el perfume. La primera consiste en la pureza y en la belleza, que deben ser estilo de su vida claustral, no sólo en su aspecto externo, sino también en el interior de sus personas y comunidades. En nuestras vidas todo ha de ser limpio, blanco, sencillo, bello, de forma que resulte una especie de secreto.

      Nuestra vida ha de caracterizarse por el silencio, por el recogimiento, por el fervor, por el amor, y mucho más por el misterio de gracia al que nosotros nos hemos consagrado. Belleza espiritual, ascetismo prudente, arte, que en cada acto del día han de transparentar su vocación contemplativa. Y si es así, sepan que los muros de nuestras casas serán de cristal. Una emanación diáfana de paz, de alegría, de santidad se difundirá en torno a los monasterios; y el afán, el clamor, el remordimiento, la angustia, la cólera… del mundo que los rodea, han de sentir su influjo restaurador.

       En otras palabras, es preciso que nuestra vida de clausura, nuestra vida monacal sea lo que debe ser: perfecta, suave y fuerte, modesta y floreciente, santa a su estilo;  y emanarán hoy también el prodigio del encanto místico.

    ¿No advierten que nuestras iglesias están llenas de gente pensativa y estática cuando celebran con exquisito y sencillo decoro los ritos litúrgicos? Y ¿no ven que fuera de las rejas de la clausura hay almas ansiosas y doloridas, que les piden el consuelo de su misteriosa paz?  

     ¿Y la otra condición? Es fácil adivinarla. Nuestra vocación monástica requiere la soledad y la clausura; pero para ello no deben nunca debemos considerarnos aislados y sustraídos de la solidaridad con toda la Iglesia.  Hemos de traducir en oración y penitencia las grandes causas de la Iglesia.  Nuestra misión nos hace predilectos en el corazón de la Iglesia.

     Nosotros, en cuanto a ser monjes, hemos de dar testimonio con nuestra presencia, el hábito, y nuestro género de vida, de que somos hombres que no nos encontramos atascados en las cosas de este mundo pasajero y sin consistencia, sino que buscamos de todo corazón a aquel que es el Absoluto, es decir, a Dios solo, a Dios bien supremo, a Dios eterno. Nosotros, que hemos  “elegido la mejor parte”,  procuremos ser religiosos a los que pueda aplicarse de un modo más total ese nombre, por el hecho de que nos esforcemos en subir hacia Dios, al que nos hemos consagrado por la profesión de los Consejos Evangélicos, llevando una vida contemplativa, que mantengamos  con esfuerzo diario. De este modo nos manifestamos en contra del olvido de Dios y del curso profano que se extiende por el mundo en estos tiempos.

       En el tiempo que nos ha tocado vivir, todo camina de prisa y cambia de forma vertiginosa; sin embargo, el monacato nada ha perdido de su importancia y de aquella cualidad suya que lo hace apropiado a cada época. Sin duda alguna, también los frailes—los Apóstoles de la Misericordia-- debemos tener presentes las necesidades que van surgiendo en cada momento, pero la sustancia de nuestra forma de vida debe seguir siempre en vigor, ya que no depende de las circunstancias transitorias del tiempo.             

      ¡Seamos, pues, lo que somos! Los que en otros tiempos cultivaron con la cruz, el libro y el arado regiones que estaban todavía alejadas de la civilización humana y cristiana, sigamos realizando esta magnífica labor hoy, si bien con nuevos métodos si es necesario. Hagamos que el testimonio de vida que nos dieron nuestra santa Madre Teresa de Ávila y nuestro santo Padre Juan de la Cruz se irradie a través de nuestros poros, actuaciones y obras dentro de nuestras comunidades y en el mundo que nos circunda.

       Si sientes que el Señor te está llamando para cultivarte en sus manos como unos de sus Apóstoles de la Misericordia, no vaciles en comunicarte con nosotros.  Gustosamente te acompañaremos en tu proceso de discernimiento vocacional.

 

En Jesús y María,

Fray José de la Trinidad, DD., CCDM

Prior General