LECTURAS DOMINICALES

DOMINGO XXX

DEL TIEMPO ORDINARIO

CICLO A

25 de octubre de 2020

 

Les damos una cordial bienvenida a esta sección de nuestro portal. 

Queridos hermanos y hermanas,  la celebración litúrgica de este domingo correspondiente al

XXX domingo del Tiempo Ordinario

Ciclo A.

El Señor trae para nosotros un mensaje que nos confronta con nuestra forma de ser. Te invita a un diálogo y a la acción. Son muchas las ocasiones en que contestaremos sin meditar en lo que decimos y la conciencia nos lleva a la conversión para actuar conforme al llamado de Dios y en armonía con las enseñanzas de Cristo. Te invito a que tu palabra y tu acción vayan de la mano para agradar más a Dios.

Pidamos a Dios nuestro Padre que sepamos apoyarnos y animarnos unos a otros en nuestro camino hacia él.

TE DAMOS GRACIAS, PADRE,

POR QUE NOS LLAMAS A LA VIDA EN COMUNIÓN ECLESIAL,

A LA VIDA FRATERNA.

NOS INVITAS A  APORTAR NUESTRO CALOR DE HERMANOS

Y SERVIR A LOS MÁS DÉBILES Y MARGINADOS.

QUEREMOS QUE UNIDOS A TI JESÚS ,

FUENTE DE LA MISERICORDIA DIVINA,

PODAMOS MOSTRAR TU ROSTRO

A TODO AQUEL HERMANO QUE EN EL DIA DE HOY

NECESITE APOYO SIN IMPORTAR SU CONDICIÓN HUMANA.

CONCÉDENOS SEÑOR LA OPORTUNIDAD

DE CONTINUAR DIFUNDIENDO TU REINO

-AÚN A TRAVÉS DE LAS REDES SOCIALES-

PARA TOCAR A AQUELLOS CORAZONES DUROS

QUE AÚN NO TE ACEPTAN EN SUS VIDAS.

TE LO PEDIMOS  EN EL NOMBRE DE CRISTO RESUCITADO.

AMÉN.

Los Frailes Carmelitas Contemplativos de la Divina Misericordia del Monasterio Nuestra Señora de los Ángeles, de la ciudad de Toledo, Ohio, EUA,  rogamos al Padre Todopoderoso para que la Palabra que leeremos a continuación haga eco en nuestros corazones y nos ayude a alcanzar el Reino de Dios.

ASI SEA.

 



PRIMERA LECTURA


 

PRIMERA LECTURA

Lectura del libro del Éxodo (22,20-26):

Así dice el Señor: «No oprimirás ni vejarás al forastero, porque forasteros fuisteis vosotros en Egipto. No explotarás a viudas ni a huérfanos, porque, si los explotas y ellos gritan a mí, yo los escucharé. Se encenderá mi ira y os haré morir a espada, dejando a vuestras mujeres viudas y a vuestros hijos huérfanos. Si prestas dinero a uno de mi pueblo, a un pobre que habita contigo, no serás con él un usurero, cargándole intereses. Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, se lo devolverás antes de ponerse el sol, porque no tiene otro vestido para cubrir su cuerpo, ¿y dónde, si no, se va a acostar? Si grita a mí, yo lo escucharé, porque yo soy compasivo.»

Palabra de Dios

 


SALMO RESPONSORIAL

 

SALMO 17,2-3a. 3bc-4. 47. 51ab

R/.
 Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza


Yo te amo, Señor;
tú eres mi fortaleza;
Señor, mi roca,
mi alcázar, mi libertador. R/.

Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío,
mi fuerza salvadora, mi baluarte.
Invoco al Señor de mi alabanza
y quedo libre de mis enemigos. R/.

Viva el Señor, bendita sea mi Roca,
sea ensalzado mi Dios y Salvador.
Tú diste gran victoria a tu rey,
tuviste misericordia de tu UngidoR/.

 

SEGUNDA LECTURA

SEGUNDA LECTURA

 

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses (1,5c-10):

Sabéis cuál fue nuestra actuación entre vosotros para vuestro bien. Y vosotros seguisteis nuestro ejemplo y el del Señor, acogiendo la palabra entre tanta lucha con la alegría del Espíritu Santo. Así llegasteis a ser un modelo para todos los creyentes de Macedonia y de Acaya. Desde vuestra Iglesia, la palabra del Señor ha resonado no sólo en Macedonia y en Acaya, sino en todas partes. Vuestra fe en Dios había corrido de boca en boca, de modo que nosotros no teníamos necesidad de explicar nada, ya que ellos mismos cuentan los detalles de la acogida que nos hicisteis: cómo, abandonando los ídolos, os volvisteis a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y vivir aguardando la vuelta de su Hijo Jesús desde el cielo, a quien ha resucitado de entre los muertos y que nos libra del castigo futuro.

Palabra de Dios


SANTO EVANGELIO

 

 

SANTO EVANGELIO

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo (22,34-40):

En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, formaron grupo, y uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?»
Él le dijo: «"Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser." Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo." Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas.»

Palabra del Señor

 

 

 


REFLEXIÓN DOMINICAL

Su Excelencia  JOSÉ ISRAEL DE LA TRINIDAD, DD., CCDM.

Arzobispo

NUNCIO APOSTÓLICO PARA AMÉRICA LATINA

COMUNIÓN CORPUS CHRISTI

Prior General, Frailes Carmelitas Contemplativos de la Divina Misericordia

 

DOMINGO XXX- TIEMPO ORDINARIO

Ciclo A

25 de octubre de 2020

REFLEXIÓN DOMINICAL

Fray José de la Trinidad, DD., CCDM

Arzobispo

NUNCIO APOSTÓLICO PARA AMÉRICA LATINA

COMUNIÓN CORPUS CHRISTI

 

QUERIDOS HERMANOS:

     

EL MANDAMIENTO PRINCIPAL:

Amar a Dios, amor de Dios, amar como Dios


 

    • Lo de amar a Dios y al prójimo lo tenemos bien sabido. Lo sabemos y a menudo lo procuramos. Pero pocas veces tenemos en cuenta que nuestro corazón, espontáneamente, no tiende a amar así por las buenas a cualquier "prójimo", sino que tiende a buscar, amar, seleccionar y corresponder a aquellos que percibe como amigables y agradables, mientras se encoge o cierra con los adversarios, con los distintos o, simplemente, ignora a los que no le interesan especialmente. Y nos parece natural, y no nos causa especial inquietud, salvo contadas excepciones.

     • Ya es un primer paso acoger esa Palabra de Dios que nos advierte para que no dejemos entrar en nosotros al resentimiento, el odio, la revancha... porque nos daña principalmente a nosotros mismos. Pero saltar a amar a todos es bastante más complejo, porque el instinto natural sólo entiende de amigos; no fluye espontáneamente de nosotros la actitud y generosidad de amar a todos. Y casi diríamos "¡ni falta que hace!". 

Con respecto a lo de conformarnos con amar sólo a los nuestros (aunque tampoco sobran a veces las dificultades), ya lo valoró Jesús en otro momento: si saludan a los que les saludan, ¿qué merito tiene? ¿Si amas a los que te aman? ¿Qué merito tiene? 

También lo hacen así los paganos (Lc 6, 32-33).

¿Qué haces de extraordinario? Y levanta el listón: «Amaos los unos a los otros, amad a los que os odian, rezad por los que os persiguen, si te piden medio, da entero»... Es decir: que como discípulos de Jesús tenemos que llegar más allá de ese espontáneo amar a los nuestros, a los que nos corresponden.

    •  Para asumir estos retos de Jesús hay que empezar, por aceptarnos a nosotros mismos, tal como somos y estamos. Y al mismo tiempo también, aceptar la misericordia de Dios, que al amarnos y comprendernos en nuestra miseria, nos posibilita tratar a los otros con la misma generosidad e  incondicionalidad. Sería tarea imposible pretender llevarnos bien con todos los demás sin aceptarnos a nosotros mismos y, sin haber experimentado el amor y el perdón de Dios.

    Por eso, antes que nada necesitamos amarnos como Dios nos ama, y para poder después amar a los demás como a nosotros mismos.

El amor a nosotros mismos no puede ser, sin más, el punto de referencia para tratar a los demás, porque descubrimos comportamientos de puro egoísmo, de inadaptación y falta de auto-aceptación, la irritabilidad o el descontento personal, el tener una autoestima demasiado elevada o excesivamente baja, heridas sin cerrar... y todo esto nos causa daño a nosotros y lo acabamos reflejando en los demás. Si yo no estoy bien... será muy difícil tratar a los demás bien. Y si yo estoy mal conmigo mismo.... los otros experimentarán sin duda las consecuencias.

     Jesús, en su único y nuevo mandamiento, reformuló el «como a ti mismo»... por «como yo os he amado». Mucho mejor y más claro si el punto de referencia no soy «yo mismo», sino su modo concreto y extremo de amarnos. Por eso, más allá de amarnos a nosotros mismos, será necesario amarnos como Dios nos ama y como Jesucristo ama.

      • Por la fe yo puedo experimentar: «Tú eres amado». Esto es bien importante: Dios te ama, Dios te ama como eres y como estás, Dios te ama a pesar de todo, Dios te regala su amor, para que puedas amar con él. Déjame que te lo repita: Tú eres amado. Aunque puedas verte con mil limitaciones y dificultades, y te pueda parecer que no «mereces» ser amado. El amor verdadero no precisa los «méritos» del otro, porque es «incondicional». Dios te ama así, y porque sí, porque es Amor, y es su amor el que te hace capaz y fuerte para amar. El amor de otros siempre nos hace más fuertes y mejores amantes, y el de Dios con mucha mayor razón.

     Si llegamos a pasar por la dolorosa experiencia de traicionar -como Pedro- su amor, y que nos venza el miedo, la incoherencia... y se nos escapen las lágrimas por nuestra fragilidad, también experimentaremos cómo el Señor nos mira sin reproche, con ternura, con esperanza, nos sentiremos perdonados... La aceptación de la propia fragilidad, y el reconocerla delante de Dios es la ocasión para que el Señor nos encomiende -como a Pedro- que cuidemos de los demás: "Como yo te amo, te perdono y te miro con ternura después de tu caída... te encomiendo que te acercas a los otros y los cuides en mi nombre". No se lo había pedido antes de caer, sino después. Nuestra flaqueza y nuestro pecado nos permiten y ayudas a acercarnos a los otros desde la misericordia, desde la ternura, desde la acogida...

       • Dando un paso más, debiéramos amar a los demás como a Cristo en persona. Hacernos conscientes de que al amar, no amamos a otro diferente que al mismo Cristo. Convertiríamos así nuestras relaciones en un verdadero sacramento. Si procuráramos con nuestros ojos de fe reconocer en los demás al mismo Hijo de Dios, temblarían nuestras manos, y el corazón sobrecogido pondría en cada uno de nuestros gestos la ternura, la delicadeza, la misericordia, el amor más intenso.

Leemos en la Primera Carta de San Juan: el que ama a Dios, ame a su hermano (1Jn 4, 20-21).

Y es tan fuerte esa relación entre Cristo y los otros, que él mismo dirá un día: “Venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y «me» disteis de comer, «me» disteis de beber, me acogisteis enfermo, o emigrante...

Nuestro corazón debiera estremecerse al tener cada día tantas oportunidades para amar y servir al mismo Cristo en persona, amando a cuantos viven y pasan cerca de nosotros. Pero aunque hiciéramos el bien y amáramos sin ver en ellos a Cristo (tantos hombres buenos lo hacen), será él quien lo tenga en cuenta y nos dirá aquel día: Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis pequeños hermanos, conmigo lo hicisteis”.

  •  Todavía podríamos señalar otra vía para el amor: 

Amar como si nosotros mismos fuéramos Cristo.

Cristo, aquel que perdonó, curó, acogió, se sentaba con pecadores, hizo el bien por donde pasaba... Que pusiéramos la ternura del Maestro en nuestros oídos; hablásemos con calma y anunciáramos la Buena Noticia con nuestras humildes palabras y actitudes. Todo nuestro cuerpo y nuestro corazón, nuestro pensamiento pueden ser los del propio Jesucristo. ¡Qué vocación más admirable, que quien nos vea, le vea a Él!. Cristo pudo afirmar de sí mismo: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre». Todos sus discípulos tenemos planteado el mismo reto: que al amar nosotros le vean a él, le experimenten a él, para que el mundo crea: “Mirad cómo se aman”, que se decía de las primeras comunidades.

  •   Y ¿cuál seria es la clave para sentirme profundamente amado, a pesar de mis limitaciones, y que mis obras y actitudes reflejen ese amor de Dios? La respuesta está en Cristo. Él se sentía continuamente bajo la mirada amorosa de su Padre. Y a Él levantaba los ojos a la hora de una decisión, de curar, o de hacerse Pan partido. El Señor sabía encontrar tiempo para estar con Él a solas. Y hacía de la voluntad del Padre su principal alimento.  Éste era su «truco», si se puede decir así. Y el nuestro: tenemos a nuestro alcance las fuentes del amor de Dios: su palabra, la Eucaristía (que llamamos sacramento del amor de Dios, donde él se nos entrega siempre que lo busquemos), la comunidad de hermanos que comparte, se entrega y ama, el don del Espíritu Santo (el Amor de Dios en mí) y que Dios nunca niega a quienes se lo piden...

  •  Nuestro amor, por ser sacramento del mismo Cristo, está llamado a abrir el horizonte de los hombres y colocarlos directamente ante Dios para que se sientan amados por él.

LA TAREA Y LA MISIÓN ES QUE A TRAVÉS DE MÍ SIENTAN Y SE ENTEREN DE QUE QUIEN DE VERDAD LES AMA ES CRISTO, ES DIOS. COMO ME AMA A MÍ, COMO PROCURO AMARLOS YO. 

               

Hermano mío: yo te amo.

Yo te quiero por mil razones:

Yo te amo porque Dios quiere que te ame y me ha hecho tu hermano.

Te amo porque Dios me lo manda.

Te amo porque Dios te ama.

Te amo porque Dios te ha creado a su imagen y para el cielo.

Te amo porque Dios derramó su sangre para darte la vida.

Te amo por lo mucho que Jesucristo ha hecho y sufrido por ti.

Y como prueba del amor que te tengo haré y sufriré por ti

todas las penas y trabajos, incluso la muerte si fuera necesario.

Te amo porque eres amado de María, mi queridísima Madre.

Te amo, y por amor te enseñaré de qué males te debieras apartar,

qué virtudes debes desarrollar, y te acompañaré

por los caminos de las obras buenas y del cielo.

Que el Señor entonces esté con nosotros y nos bendiga. Y así, que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre nosotros y permanezca para siempre.

Que así sea.