CÓMO VIVIR EL ABANDONO

 

Vivir el Abandono

Para llegar a la paz interior, hemos de ejercitarnos en esta actitud. Se trata de abandonar nuestros miedos, todo lo que nos paraliza y todo lo que nos impide entregarnos con paz y con serenidad al ejercicio más importante que tenemos entre manos y a la vocación primera a la que Dios nos ha llamado, la vocación de vivir. En una palabra: necesitamos aprender a orar para aprender a vivir más y mejor. Nuestra esperanza es que la oración se transforme en vida y sea escuela de vida para cada uno de los que vivimos el llamado a la vida consagrada.

Evidentemente que para adentrarnos en la senda del abandono es preciso que nos situemos dentro de un contexto de fe.

Por abandono podemos entender muchas cosas y puede resultarnos algo confuso. A primera vista suena a pasividad, fatalismo, resignación, cruzarse de brazos. Pero en el fondo es todo lo contrario: coloca a la persona en su máximo nivel de eficacia y productividad. Si lo que abandonamos es lo más negativo del corazón entonces el resultado será eminentemente positivo.

Abandonamos pues lo negativo, es decir los impulsos más negativos del corazón. Bien sea la venganza contra este que me ofendió, o al resentimiento porque todo me sale mal en la vida o a la vergüenza por ser yo tan poca cosa o a la lástima porque hubiese sucedido eso. A todo esto decimos: no. ¡Basta Ya!

Pero nos abrimos en cambio a lo positivo, es decir a lo que Dios quiso, permitió o dispuso. A todo ello diremos: Sí, Padre, en tus manos extiendo mi vida como un cheque en blanco. ¡Hágase en mí según  tu voluntad!,  (Se sugiere lectura de Jeremías 18, 1-6)

Todo lo que resistimos mentalmente se nos transforma en enemigo y todo lo que nos agrada nos lo apropiamos con el consiguiente temor a que ello nos sea arrebatado. Si bien hay realidades que, resistidas estratégicamente, pueden ser neutralizadas parcial o totalmente, como por ejemplo: la enfermedad, la ignorancia o la pobreza; sin embargo, gran parte de las realidades que resistimos no tienen solución o la solución no está en nuestras manos. Estas realidades son situaciones límite o hechos consumados. Es decir: Si rechazo estas manos, ellas son mis enemigas. Si rechazo esta nariz, ella es mi enemiga. Si me molesta el modo de ser de esta persona o su manera de hablar, la transformo en enemiga. Aquel ruido, esa tos, el triunfo de tal partido político, aquel suceso…todo lo que resistimos, lo transformamos en enemigo. Por tanto los enemigos los creamos nosotros, existen en cuanto que les damos vida con nuestras resistencias mentales.

El temor, es también una forma de resistir, en este caso a perder algo que me agrada. Así, tememos la muerte, tememos al fracaso, tememos que no nos quieran. El temor se convierte así en nuestro gran enemigo, está dentro de nosotros y no deja de ser tampoco una resistencia mental y emocional.

Hemos de despertar; porque de otra manera podemos comenzar a vivir sombríos, suspicaces, miedosos. La sabiduría consiste, pues, en hacernos la siguiente pregunta: esto que me molesta, ¿tiene remedio? Si hay alguna posibilidad de solución, no es hora de abandonarse, sino de poner en acción todas las energías para lograr la solución. Pero si no hay nada que hacer, porque las cosas son insolubles o la solución no está en nuestras manos, entonces llegó la hora de abandonarse.  ¿Qué es lo que abandonamos? Abandonamos toda resistencia, ponemos los imposibles en manos de Dios Padre y descansamos, descanso que significa PAZ. Se trata de un morir a unos impulsos muy vivos pero muy negativos para entrar en la paz, en la tierra prometida, en la resurrección,  es vivir la Pascua.

Qué duda cabe que muchas de las cosas que nos disgustan o nos entristecen o nos avergüenzan no tienen solución. En este caso, es locura encenderse en cólera contra ellas, porque es uno mismo el que se quema inútilmente y se destruye. En cambio, es sabiduría practicar el abandono, para lo cual es preciso silenciar la mente que tiende a rebelarse y a lamentarse. El abandono es así un homenaje de silencio para con el Padre y por consiguiente un homenaje de amor y de adoración. A nivel psicológico, este silencio mental es liberador y salvífico. Esta salvación depende de nosotros, por lo que hemos de procurarla continuamente.  (Se sugiere leer Job, 42, 1-7)

Ahora bien, si los enemigos están dentro de nosotros, los amigos también están dentro de nosotros en la medida en que abandonamos la resistencia y aceptamos con paz aquellas cosas y hechos que hasta ahora nos disgustan. Si acepto esta figura, ella es mi amiga, si acepto este frío, el viento o la enfermedad, ellos son mis amigos. Si acepto la muerte, ella es mi amiga. En nuestras manos está el transformar los enemigos en amigos, los males en bienes.

Este abandonar la resistencia contra las cosas que nos disgustan y hacernos amigos de ellas, es lo que llamamos reconciliación y cuando esto se da la angustia se transforma en paz. (Se sugiere leer Salmo 131)

 

¿Qué es una situación límite o un hecho consumado?

Por ejemplo, la existencia; no me la propusieron, me la impusieron, en la vida ni entramos ni salimos. Nos empujan a ella y nos sacan y no precisamente cuando nosotros queremos. Tampoco escogí a mis padres, ni esta figura física, ni este sexo, ni estas limitaciones intelectuales, estas tendencias morales, este temperamento. Tampoco escogí a mi familia, la suerte de mi vida, la hora de la muerte, el rumbo de mis actividades. Igualmente, todo lo que sucedió de este minuto hacia atrás son hechos consumados que no serán alterados un milímetro por los siglos de los siglos. Podemos vivir irritados, avergonzados, resentidos por aquello que salió mal, porque no hubo suerte en aquello otro, por aquel accidente desgraciado, por aquella lamentable equivocación. Hechos que no serán alterados jamás ni un milímetro.

Ante estas situaciones límite, podemos enloquecer o abrirnos al abandono diciendo con Charles de Foucault esa su famosa oración que sin duda muchos conocemos:

Padre, en tus manos me pongo; haz de mi lo que quieras, por todo lo que hagas de mi te doy las gracias. Estoy dispuesto a todo, con tal de que tu voluntad se cumpla en mí y en todas tus criaturas. No deseo nada más, Dios mío; te confío mi alma; te la doy con todo el amor; porque te amo y es una necesidad para mí el darme, entregarme entre tus manos sin medida, con infinita confianza porque tú eres mi Padre.

Por tanto, lo que tiene solución se soluciona luchando y lo que no la tiene se abandona o se deja en las manos del Padre, ¿qué quiere decir dejar?

Yo, si por ejemplo dejo un libro encima de la mesa  me desligo de ese libro. Del mismo modo, si dejo en las manos del Padre este disgusto o este fracaso, mi mente se desliga de ese disgusto o de  ese fracaso y queda en silencio. Eso es el abandono. Y en el momento en que mi mente queda en silencio, automáticamente mi corazón queda también en paz.  En resumidas cuentas el abandono es : Silencio en la mente y Paz en el corazón. (Se sugiere leer, Mt. 18,1-4)

¿Qué diríamos a alguien que coge una brasa ardiente? Le diríamos algo así como que ¿está loco?. Pues algo así ocurre cuando nos dedicamos a dar vueltas en nuestra  mente a sucesos desagradables.

O ¿qué diríamos de una persona que se arrima a una pared y comienza a darse de cabeza contra la pared? Ahí ya no nos quedan dudas, está loca. Bueno, pues por mucho que nosotros queramos echar marcha atrás en el tiempo, no vamos a hacer que retroceda. Si ahora yo me pongo a recordar ese terrible suceso que me ocurrió esta mañana o ayer o hace cinco años, a revivirlo a amargarme y a enfurecerme y a llenarme de ira, rabia y resentimiento, soy como ese loco que está dándose golpes contra la pared.

Una casa, una pared, un tabique pueden ser removidos con técnicas adecuadas pero aquel terrible episodio por muchas lágrimas que vierta no podrá alterarse ni un milímetro. Por tanto dejémonos de locuras, pongámoslo en las manos del Padre, hagamos silencio en la mente y tengamos paz en el corazón. En una palabra atrevámonos a ser felices. (Se sugiere leer Mt. 18, 1-4)

Podríamos preguntar: ¿por qué  permite Dios todo esto? ¿No podría interferir en las leyes del mundo, descolocando lo que anteriormente había colocado y evitar este accidente o esta calumnia? La respuesta es que el Padre es lógico con su propia obra y habitualmente respeta las leyes generales con las que El estructuró la creación.  Y por respetar sus leyes, por ser lógico consigo mismo, permite las desgracias de sus hijos, aunque no las quiera.

El Padre, no va a suspender la ley de la gravedad por un instante para que a mí no me caiga una teja o ladrillo encima; respetando las leyes de la naturaleza, el Padre permitirá que la teja o ladrillo caiga y me mate aunque el que más sentirá esta situación será Él mismo.

Si alguien resentido nos va a hacer un daño irreparable con una mentira, el Padre no le va a enviar un infarto para que no lo haga. Llegará la calumnia y nos hará polvo aunque el que más llorará esta situación sea el mismo Padre.

En situaciones así no nos queda otra salida que la ventana de la fe: en medio del dolor poder decir: Padre, Tú pudiste haber evitado esta lamentable situación. Si tú lo permitiste, no puedo pedir cuentas; cierro la boca, me pongo en tus manos. Me abandono.

Al practicar el abandono, trascendemos los fenómenos (accidentes, lo que dijeron de mi, lo que me hicieron, la marcha de los acontecimientos) y, detrás de todo se descubre a Aquel que es y me ama, en cuyas manos se entrega todo. ( Leer Marcos 14, 32-42)

Para Jesús, en Getsemaní, era evidente que la tormenta que se le avecinaba era una confabulación, engendrada y organizada por las reacciones psicológicas, intereses personales, utilidades políticas, nacionalismos, ventajas económicas o militares…Pero Jesús cerró los ojos, y para El, en ese momento no había más realidad que “Tu Voluntad” ( Mt 26,42) , en cuyas manos, después de una fuerte resistencia (Mc 14,36) se abandonó y así se salvó, primeramente a sí mismo, del tedio y de la angustia; y nos salvó a todos nosotros. Y a partir de ese momento contemplamos a Jesús avanzar por el camino de la Pasión con una paz inexplicable.

Abandonarse es pues,

desprenderse de sí mismo para entregarse,

todo entero,

en las manos de Aquel que me ama.

 

Esta terapia es aplicable a todas las fuentes de sufrimiento, como:

            Los disgustos: desprendiéndonos de los recuerdos dolorosos.

El fracaso, distinguiendo entre el esfuerzo y el resultado. El esfuerzo depende de ti; el resultado no. Si el resultado no depende de ti, es locura pasar días y noches cegado por la obsesión del fracaso.

Las obsesiones, dejándolas, es decir, aceptando que ocurra aquello que se teme. Aceptar por ejemplo que no vas a poder dormir, aceptar que te vas a comportar torpemente con aquella persona o en aquella situación, aceptar que estos o aquellos no te quieran; aceptar no haber acertado en aquel proyecto; aceptar que se haya hablado mal de ti, etc. De este modo el cerebro no necesita trabajar tanto y al no trabajar tanto la mente descansa y se fortalece.

Las Impotencias y limitaciones, sabiendo y aceptando serenamente que nuestra inteligencia es más limitada que los deseos de triunfar, que las posibilidades de perfección humana son relativas, que no siempre seré bien aceptado en la sociedad, que no se concretarán todos mis proyectos, que no me faltaran enemigos, que mi influencia será limitada en el medio en el que me desenvuelvo.

La angustia, que no es sino una tensión del sistema nervioso, por tanto un sistema nervioso relajado no conoce la angustia.

La Depresión, sabiendo que todo pasará.

El otro, puede ser también fuente de sufrimiento. ¿Que tal si cada vez que recibimos un impacto negativo, nos concentramos, nos tranquilizamos y tomamos la decisión de amar a esa persona sin hacer caso del amor herido? Esto parece una locura pero es lo más liberador. Además de que así cumplimos el gran mandamiento del Señor.

Hemos de distinguir entre lo que se ve y lo que no se ve. Lo que se ve son las leyes biológicas, cósmicas, psicológicas; lo que no se ve es el Padre de cuyas manos brota todo el dinamismo de la creación. Detrás de los fenómenos está la realidad. Lo esencial está siempre detrás, oculto, invisible. Los fenómenos se ven, la realidad no se ve.

Los fenómenos se desvanecen, la realidad permanece. Dios, su santa voluntad es la realidad esencial. Es en esa realidad esencial que nos apoyamos y descansamos cuando al llegar los grandes golpes de la vida decimos: en tus manos me pongo. Padre, Tu pudiste haber evitado esta lamentable situación. Si tú lo permitiste, no puedo pedir cuentas; cierro la boca, me pongo en tus manos, haz de mi lo que quieras. El abandono, pues es una visión de fe.

La verdad de fondo es el Padre mismo, quien conduce todo con mano potente y amante, más allá de los fenómenos y apariencias, una mano que organiza y coordina, permite y dispone cuanto sucede a nuestro alrededor. Así pues,

  • Acepto con paz aquello que mi esfuerzo no puede alcanzar.

  • Acepto con paz el hecho de yo no ser aceptado por todos.

  • Acepto con paz el hecho de querer ser humilde y no poder

  • Acepto con paz el hecho de que los resultados sean más pequeños que mis esfuerzos

  • Acepto con paz la ley de la insignificancia humana, es decir, que después de mi muerte las cosas seguirán igual, como si nada hubiese sucedido

  • Acepto con paz la hora de mi muerte.

  • Acepto con paz la ley de la mediocridad y la ley del fracaso, la ley del avance en la vida y la ley de la ancianidad, de la soledad y de la muerte.

  • Acepto con paz que los ideales sean tan altos y las realidades tan pequeñas

  • Acepto con paz el hecho de querer tanto y poder tan poco.

Padre, tú lo sabes todo. De todo lo que has permitido o habrás de permitir, desde ahora te digo: estamos en paz, lo acepto todo. Hágase tu voluntad.  Pero Dios por medio de los profetas les decía que lo que realmente quería era un corazón puro y un espíritu humilde: Pues vamos a hacer nosotros ahora eso, poderle decir a Dios: tu no quieres sacrificios ni ofrendas, por eso yo te digo aquí estoy oh Dios para hacer tu voluntad.

He aquí una serie de pasos. Imaginemos aquí una gran hoguera en la que vamos ir depositando todo eso. El resultado es la paz. 

Primero: Aceptar a los padres

Dios mío, si alguna vez sentí vergüenza o aversión por mis padres, en este día yo los acojo con cariño y amor.

Pido perdón por mi ingratitud; y de tus manos yo los acepto con gratitud y con emoción.

Si acaso ellos ya fallecieron, igualmente yo los acojo, yo los abrazo, yo los amo, los acepto profunda y totalmente, en el misterio de tu Voluntad.

Gracias, por el regalo de mis padres, y bendita sea su memoria por siempre.

Amén.

 

Segundo: Aceptar la figura física

Padre mío, fuente de mi vida. Dame la gracia de hacerme amigo de mí mismo.

Si alguna vez sentí vergüenza de ser como soy, te pido perdón a ti autor de mi vida y de mi ser. Perdona mi insensatez y mi ingratitud. Desde ahora quiero sentirme contento de ser como soy, feliz de ser como soy.

Te alabo, te admiro y te agradezco por estas manos, este rostro, esta figura general.

Bendito seas por haberme hecho tal como me hiciste. En tus manos me entrego, feliz de ser como soy.

Amén.

 

 Tercero: Aceptar la enfermedad y la muerte

Padre mío, dueño de la vida y de la muerte. Dame la gracia de aceptar con paz, el misterio doloroso de la vida, las enfermedades, el dolor, la decadencia y la muerte; aceptarlas sin lamentos, sin lágrimas, en silencio y paz.

Me acuerdo de que tu Hijo Jesucristo transformó lo más negativo e inútil de la humanidad, como es el dolor y la muerte, en fuente de redención y de vida eterna. También yo quiero desde hoy, que mi dolor y mi muerte sean fuentes fecundas de redención.

A partir de este momento quiero sufrir con Jesús, y como Jesús.

En tus manos, Padre mío, me abandono con mi vida y mi muerte, mi salud y mi enfermedad.

Amén.

 

Cuarto: Aceptar (perdonar-amar) mi persona

Padre mío, en tus manos me pongo, con lo poco que soy, feliz de ser cómo soy.

Si alguna vez sentí tristeza y vergüenza de ser como soy te pido perdón a ti por haberme avergonzado de la obra de tus manos.

Te doy gracias por haberme hecho capaz de pensar que pienso, portador de un aliento divino e inmortal.

Dame la gracia de per­donar-amar, esta extraña personalidad.

En tu voluntad perdono y amo tantas cosas muy mías, que hasta ahora no me gustaban.

En tus manos me pongo, con lo poco que soy, feliz de ser como soy, reconciliado y amigo de mí mismo. Hágase tu voluntad.

Amén.

 

Quinto: Aceptar la propia historia

Dios mío, Señor de mi vida, dame la gracia de transformar el dolor en amor.

Aquellos que nunca me comprendieron, aquellos que nunca me aceptaron y siempre me re­chazaron, aquellos que se fueron detrás de mí con infundios, medias verdades, ca­lumnias enteras y me hicieron pasar noches de insomnio y días de lágrimas…Todos esos recuerdos dolientes quiero transformarlos en este mismo momento, en una ofrenda de amor, y lo deposito en silencio en lo profundo de tu voluntad.  Hágase tu voluntad.

Resistencias del alma, resentimientos del corazón, rebeldías de la vida, guerras in­teriores, conflictos íntimos, memorias dolorosas, recuerdos amargos, aspectos de personalidad no suficientemente asumidos, heridas de la vida no suficientemente ci­catrizadas, clamores, lágrimas, gritos…, quiero reducirlo todo a silencio en homenaje de amor a tu santa y misteriosa voluntad. Hágase Tú voluntad.

Todo aquello que fui y no debía haberlo sido; todo aquello que hice y no debía ha­berlo hecho; todo aquello que dije y no debía haberlo dicho… todo eso lo depósito para siempre en el olvido eterno de tu corazón. Hágase Tú voluntad.

Aquellas personas que influyeron negativamente en mi vida…

Aquellas primeras enemistades declaradas…

Aquél primer fracaso y aquél otro que fue el peor de mi vida…

Aquella equivocación que tanto lamenté después…

Aquellos proyectos que se fueron al suelo, ya sabemos por culpa de quien…

Aquellos ideales que nunca los pude realizar…

 

Señor, Señor, toda esta masa doliente y sangrante que se transforme en una ofrenda fragante de amor, y quiero depositarlo para siempre ante el altar de tu Vo­luntad. Y sea este, el segundo nacimiento de mi vida, lo anterior de mi vida quede para siempre olvidado y borrado. Y como un niño, recién nacido, comience yo hoy a caminar libre y feliz.  Hágase Tú voluntad.

Amén.

Sexto: Perdón en el espíritu de Jesús

Oh Espíritu Santo, poderosa fuerza de Dios, haz en este momento el prodigio de identificar mis sentimientos con los sentimientos de Jesús.

Mi Señor Jesucristo, muerto y resucitado, entra dentro de mí. Toma posesión com­pleta de todo mi ser. Hazte vivamente presente en mi cuerpo y en mi espíritu, y asume completamente lo que siento, lo que pienso, lo que soy, lo que tengo. En este mo­mento, tus sentimientos sean mis sentimientos, tus emociones mis emociones, tus ojos mis ojos, tus brazos mis brazos.

Jesucristo, poderoso y amoroso Señor, calma dentro de mí, ese tumulto de hosti­lidad y rencor que siento contra esa persona. Yo quiero sentir por esa persona en este momento, lo que tú sientes por ella lo que tú sentías al morir en la cruz por ella. Per­dónale tú dentro de mí. Y, con mis sentimientos, transformados en tus sentimientos perdónale y ámale dentro de mí, en vez de mí, conmigo; quiero perdonarle como tú le perdonas, amarle como tú le amas, sentir por esa persona, lo que tu sientes, quiero mirarla con tus ojos y abrazarlo con tus brazos. Yo lo quiero. Yo lo comprendo. Yo lo perdono. Yo lo amo, como tú, como tú mi Señor.

El, Tú y yo, hechos los tres una misma unidad; en un estrecho abrazo los tres: él, Tú y yo; yo, Tú y él; Tú, él y yo en un abrazo identificarte; más que perdón, yo lo com­prendo, yo lo amo, yo lo quiero…

 Vamos a procurar lo siguiente:

  1. Siempre que me sienta temeroso, irritado, molesto… ¡despertar! y preguntarme: ¿qué me pasa? Y si ves que aquello tiene solución, lucha con paz por solucionarlo. Si no tiene solución, o la solución no está en tus manos, déjalo en sus manos diciendo:  Hágase Tú voluntad.

 

  1. Ante tantas cosas y hechos consumados que no tienen remedio, y que te causas tristeza, preocupación o contrariedad, responde al Padre con un  Hágase Tú voluntad.

  1. Hace calor, frío, ruidos molestos…responde al Padre con un  Hágase Tú voluntad.  No hay derrota posible para los que se abandonan.

  1. EL proyecto fracasó; en tu memoria surgen recuerdos dolorosos, memorias desagradables; situaciones del momento que sorpresivamente te causan tristeza, rencor, vergüenza, rabia…!despierta!, déjalo en Sus Manos con un  Hágase Tú voluntad.

  1. Deficiencias de personalidad, mala memoria, dificultad de expresión; Hágase Tú voluntad.

  1. Dolores de cabeza, molestias estomacales, artritis, incontinencia, dificultad para caminar; Hágase Tú voluntad.

  1. Carácter irascible, Hágase Tú voluntad.

No permitas que nada perturbe tu paz.  Aprende a abandonarte en las manos de tu Padre y Creador.  Él te sostendrá en todo momento.  No vuelvas a pregunta--¿por qué a mí?  Todo tiene un propósito en las manos de nuestro Creador.  Sólo abandónate en sus manos y permite que se ¡Haga su voluntad!